El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Entonces consultó la mirada del paralítico, que se fijó en un cajón de un mueble pequeño situado entre las dos ventanas.
Abrió el cajón y encontró, efectivamente, una llave.
Cuando tuvo la llave y el anciano le indicó que era esa llave la que pedía, los ojos del paralítico se dirigieron hacia un viejo secreter, olvidado desde hacía muchos años, y que no contenía —se pensaba— más que papelajos inútiles.
—¿Tengo que abrir el secreter? —preguntó Valentine.
—Sí —indicó el anciano.
—¿Tengo que abrir los cajones?
—Sí.
—¿Los laterales?
—No.
—¿El del medio?
—Sí.
Valentine lo abrió y sacó un legajo.
—¿Es esto lo que desea, abuelo? —dijo.
—No.
Entonces fue sacando sucesivamente el resto de los papeles hasta que no quedaba absolutamente nada en el cajón.
—¡Pero el cajón ya está vacío! —dijo.