El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El pequeño gabinete de las Tullerías
Abandonemos a Villefort camino de París donde, gracias a los triples guías que paga, quema las etapas, y penetremos, a través de los dos o tres salones que le preceden, en ese pequeño gabinete de las Tullerías, de ventanas cimbradas, tan bien conocido por haber sido el gabinete favorito de Napoleón y de Luis XVIII, y por ser hoy, en el momento en el que se escribe esta historia, el de Luis-Felipe.
Allí, en ese gabinete, sentado ante una mesa de nogal que se había traído de Hartwell, y que por una de esas manías propias de los grandes personajes, apreciaba muy particularmente, el rey Luis XVIII escuchaba con bastante ligereza a un hombre de unos cincuenta a cincuenta y dos años, de cabellos grises, de cara aristocrática y aspecto escrupuloso, mientras anotaba en el margen de un volumen de Horacio, edición de Gryphius, bastante incorrecta aunque estimada, y que se prestaba mucho a las sagaces observaciones filológicas de Su Majestad.
—¿Decía, entonces, señor? —dijo el rey.
—Que estoy inquieto a más no poder, Sire.
—¿De verdad? ¿Es que ha visto usted en sueños siete vacas gordas y siete vacas flacas?
