El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—No, Sire, pues eso sólo significaría la amenaza de siete años de fertilidad y siete de carestía, y con un rey tan previsor como es Vuestra Majestad, la carestía no sería temible.

—¿Pues de qué otra plaga se trata, mi querido Blacas?

—Sire, creo, y tengo todas las razones para creerlo, que una tormenta se forma por el Mediodía.

—Y bien, mi querido duque —respondió Luis XVIII—, le creo a usted mal informado, y sé positivamente, por el contrario, que hace un tiempo espléndido por allá abajo.

Por muy hombre de ingenio que fuera, a Luis XVIII le gustaba la broma fácil.

—Sire —dijo el señor de Blacas—, aunque sólo fuese para tranquilizar a este fiel servidor, ¿no podría Vuestra Majestad enviar al Languedoc, a la Provenza y al Delfinado, hombres de confianza que os hicieran un informe sobre el ánimo de esas tres provincias?

—Canimus surdis —respondió el rey, sin dejar de anotar en su Horacio.

—Sire —respondió el cortesano riendo, para dar a entender que comprendía el hemistiquio del poeta de Venusia—, Vuestra Majestad puede tener perfectamente razón, contando con el buen ánimo de Francia; pero no creo equivocarme del todo temiendo alguna tentativa desesperada.


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