El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Llegado a este último color, se fijó, por asà decir; el experimento no dejaba lugar a dudas.
—El pobre Barrois ha sido envenenado con angostura falsa y haba de san Ignacio —dijo d’Avrigny—; ahora responderé ante los hombres y ante Dios.
Villefort no dijo nada, pero levantó los brazos al cielo, abrió unos desmesurados ojos perdidos, y cayó, como fulminado por un rayo, sobre un sillón.