El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Yo no sospecho de nadie; la muerte llama a su puerta, entra, y va, no ciega, sino inteligente como es, de habitación en habitación. Y bien, yo espío su huella, reconozco su paso; adopto la sabiduría de los antiguos: tanteo, pues mi amistad por su familia y mi respeto por usted son dos vendas aplicadas sobre mis ojos; y bien…
—¡Oh! Hable, hable, doctor; tendré valor.
—Y bien, señor, usted tiene en su casa, en el seno de su casa, en su familia tal vez, uno de esos espantosos fenómenos como los que se producen, a veces, uno en cada siglo. Locusta y Agripina, viviendo en el mismo siglo y al mismo tiempo, son una excepción que prueba el furor de la Providencia en perder el Imperio romano, mancillado por tantos crímenes. Brunegilda y Fredegunda son el resultado del penoso trabajo de una civilización en su génesis, en la que el hombre aprendía a dominar el espíritu, aunque fuera por el enviado de las tinieblas. Y bien, todas esas mujeres habían sido, o lo eran aún, jóvenes y bellas. Se había visto florecer sobre sus frentes, o se veía aún florecer sobre sus frentes, esa misma flor de inocencia que se encuentra también en la frente de la culpable que está en esta casa.
Villefort dio un grito, juntó las manos, y miró al doctor con gesto suplicante.
Pero este continuaba sin piedad: