El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Señor Andrea —le dijo—, ¿no es usted un poco joven para pensar en un matrimonio?

—Pues no, señor —repuso Cavalcanti—, al menos no me lo parece; en Italia los grandes señores se casan jóvenes, en general; es una costumbre lógica. La vida es tan azarosa, que debemos coger la felicidad tan pronto como pase al alcance de nuestra mano.

—Ahora, señor —dijo Danglars—, admitiendo que su proposición, que me honra, sea también del agrado de mi mujer y de mi hija, ¿con quién debatiría nuestros intereses? Me parece que es una negociación importante, para la felicidad de los hijos, y que sólo los padres saben tratar adecuadamente.

—Señor, mi padre es un hombre prudente, lleno de sentido y de razón. Estimó la probable circunstancia de que yo sintiera el deseo de establecerme en Francia; así pues, al partir, me dejó todos los papeles que constatan mi identidad, una carta en la que me garantiza, en el caso en el que yo hiciera una elección de su gusto, ciento cincuenta mil libras de renta a partir del día de mi boda. Es, por lo que puedo juzgar, la cuarta parte de la renta de mi padre.

—Yo —dijo Danglars—, yo he tenido siempre la intención de dotar a mi hija, al casarla, con quinientos mil francos; es, además, mi única heredera.


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