El Conde de Montecristo

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Capítulo XI

El ogro de Córcega

Luis XVIII, al ver ese rostro demudado, empujó violentamente la mesa delante de la cual se encontraba.

—¿Pero qué le ocurre, señor barón? —exclamó—. Parece usted totalmente trastornado: esa turbación, esa perplejidad, ¿tienen relación con lo que decía el señor de Blacas, y lo que acaba de confirmarme el señor de Villefort?

El señor de Blacas, por su parte, se acercaba rápidamente al barón, pero el terror del cortesano impedía que triunfase su orgullo de hombre de Estado; en efecto, en estas circunstancias era bastante más ventajoso para él haber sido humillado por el prefecto de Policía que humillarlo él, en un asunto así.

—Sire… —balbuceó el barón.

—Y bien, ¡veamos! —dijo Luis XVIII.

El ministro de la Policía, cediendo entonces a un impulso de desesperación, fue a precipitarse a los pies de Luis XVIII, que reculó un paso frunciendo el ceño.

—¿Hablará usted de una vez? —dijo.

—¡Oh! Sire, ¡qué desgracia tan espantosa! ¡Soy digno de compasión! ¡Nunca me lo perdonaré!

—Señor —dijo Luis XVIII—, ¡le ordeno que hable!


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