El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Está bien —dijo Montecristo—, me quedo aquà un dÃa o dos, ordene todo en consecuencia.
Cuando Bertuccio iba a salir para dar órdenes respecto a esa estancia, Baptistin abrió la puerta; llevaba una carta sobre una bandeja de plata dorada.
—¿Cómo es que viene aqu� —preguntó el conde al verle todo cubierto de polvo—. Yo no le mandado llamar, me parece.
Baptistin, sin responder, se acercó al conde y le presentó la carta.
—Importante y urgente —dijo.
El conde abrió la carta y leyó: