El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Pero… —dijo Villefort; después, deteniéndose de golpe—: ¡Ah! Perdón, perdón, Sire —dijo haciendo una inclinación—, mi celo me puede, que Vuestra Majestad se digne disculparme.
—Hable, señor, hable valientemente —dijo el rey—; es usted el único que nos ha prevenido del mal, ayúdenos a buscar el remedio.
—Sire —dijo Villefort—, al usurpador se le detesta en el MediodÃa, se puede con facilidad conseguir un levantamiento contra él en la Provenza y en el Languedoc.
—SÃ, sin duda —dijo el ministro—, pero avanza por Gap y Sisteron.
—Avanza, avanza —dijo Luis XVIII—; ¿es que está en marcha hacia ParÃs?
El ministro de la PolicÃa guardó un silencio que equivalÃa a la más completa confesión.
—Y el Delfinado, señor —preguntó el rey a Villefort—, ¿cree usted que se puede levantar como la Provence?
—Sire, me molesta decir a Vuestra Majestad una verdad cruel; pero el ánimo del Delfinado está lejos de equipararse al de la Provenza o el Languedoc. Los montañeses son bonapartistas, Sire.
—Entonces —murmuró Luis XVIII—, está bien informado. ¿Y cuántos hombres tiene con él?