El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Esta vez Caderousse quiso gritar de nuevo, pero no pudo más que emitir un gemido, mientras corrían los tres riachuelos de sangre que salían de sus tres heridas.
El asesino, al ver que ya no gritaba, le levantó la cabeza agarrándole por el pelo; Caderousse tenía los ojos cerrados y la boca torcida. El asesino le creyó muerto, le soltó la cabeza, dejándola caer, y desapareció.
Entonces Caderousse, viendo que se alejaba, se incorporó sobre un codo, y con voz agonizante gritó en un esfuerzo supremo:
—¡Al asesino! ¡Me muero! ¡A mí, auxilio, señor cura, auxilio!
Esa lúgubre llamada traspasó la sombra de la noche. La puerta de la escalera disimulada se abrió, después, la puertecilla del jardín, y Alí y su amo corrieron, trayendo con ellos una luz.