El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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No le pasaba lo mismo a la señorita Eugénie Danglars. En su instintivo odio por el matrimonio, había acogido a Andrea como un modo de alejar a Morcerf, pero ahora que Andrea se acercaba demasiado, comenzaba a sentir por él una visible repulsión.

Quizá el barón se había dado cuenta, pero como no podía atribuir esa repulsión más que a un capricho, hacía como que no se enteraba.

Mientras tanto, el plazo solicitado por Beauchamp había casi llegado a su fin. Por lo demás, Morcerf había podido apreciar el valor del consejo de Montecristo, cuando este le dijo que dejara que las cosas transcurrieran por sí mismas; nadie había dado importancia a la nota sobre el general, y nadie se había interesado en reconocer al oficial que había entregado el castillo de Janina como el noble conde que se sentaba en la Cámara de los Pares.

No por ello Albert dejaba de sentirse menos insultado, pues la intención de la ofensa estaba ciertamente en esas líneas que le habían herido. Además, la manera en la que Beauchamp había hecho concluir la entrevista había dejado un amargo recuerdo en su corazón. Acariciaba, pues, en su mente la idea de ese duelo, en el que esperaba, si Beauchamp quería prestarse a ello, ocultar la causa real del mismo, incluso a sus testigos.


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