El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Con mucho gusto —dijo Albert—, pero salgamos a pie, me parece que un poco de cansancio me harÃa bien.
—De acuerdo —dijo Beauchamp.
Y los dos amigos, a pie, pasearon por el bulevar. Al llegar a la Madeleine:
—Mire —dijo Beauchamp—, puesto que estamos de camino, vamos a ver un poco al señor de Montecristo, él le distraerá; es un hombre admirable para remontar el espÃritu, además no hace preguntas; ahora bien, en mi opinión, la gente que no hace preguntas son los que consuelan con más habilidad.
—De acuerdo —dijo Albert—, vamos a su casa, yo le aprecio mucho.