El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Y que va a casarse con la señorita Danglars en mi sitio y lugar; lo que —continuó Albert intentando una sonrisa—, como no puede usted dudar, mi querido Beauchamp, me afecta cruelmente.

—¡Cómo! ¿Cavalcanti se casa con la señorita Danglars? —preguntó Beauchamp.

—¡Ah, vaya! ¿Pero es que viene usted del fin del mundo? —dijo Montecristo—. Usted, un periodista, el marido de la diosa Fama[1]. ¡En todo París no habla de otra cosa!

—¿Y es usted, conde, el que ha urdido esa alianza? —preguntó Beauchamp.

—¿Yo? ¡Oh! Silencio, señor noticiero, ¡no vaya a ir diciendo por ahí semejantes cosas! ¡Yo, Dios mío! ¿Urdir una alianza? No, usted no me conoce; yo me he opuesto con todas mis fuerzas, me he negado a participar en la pedida de la novia.

—¡Ah! Entiendo —dijo Beauchamp—; ¿a causa de nuestro amigo Albert?

—¿Por mi causa? —dijo el joven—. ¡Oh! ¡No, por Dios! El conde me hará justicia atestiguando que yo siempre le pedí, por el contrario, que me ayudase a romper ese proyecto, que felizmente se ha roto. El conde pretende que no es a él a quien debo agradecérselo: de acuerdo, como los antiguos, levantaré un altar al Deo ignoto.


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