El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Hace dos días, por la mañana, el artículo apareció en un periódico distinto al L’Impartial, y lo que daba más gravedad aún al asunto es que se trataba de un periódico muy conocido por pertenecer al gobierno. Beauchamp estaba almorzando cuando la nota le saltó a la vista; envió en seguida a buscar un cabriolé y, sin acabar de comer, corrió al periódico. Aunque profesando sentimientos políticos completamente opuestos a los del gerente del periódico acusador, Beauchamp, lo que sucede algunas veces, y diríamos incluso que muchas, Beauchamp era su íntimo amigo.
Cuando llegó a verle, el gerente tenía en la mano su propio periódico y parecía complacerse en un artículo de la primera página sobre el azúcar de remolacha, que probablemente era obra suya.
—¡Ah! ¡Pardiez! —dijo Beauchamp—. Puesto que tiene en la mano su periódico, querido amigo, no tengo ni que decirle lo que me trae aquí.
—¿Es que acaso es usted partidario de la caña de azúcar? —preguntó el director del periódico gubernamental.
—No —respondió Beauchamp—, incluso soy perfectamente ajeno a la cuestión; así que vengo por otra cosa.
—¿Y por qué cosa, si puede saberse?
—Por el artículo sobre Morcerf.
—¡Ah! Sí, es cierto, ¿no es curioso?