El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Su madre morirá también!

—¡Pobre madre! —dijo Albert pasándose la mano por los ojos—. Ya lo sé; pero mejor es que muera de pena, que no de vergüenza.

—¿Está usted completamente decidido, Albert?

—Sí.

—¡Vamos entonces! ¿Pero cree que le encontraremos?

—Tenía que regresar unas horas después que yo, y seguramente ya habrá llegado.

Subieron al carruaje y dieron la dirección de los Champs-Elysées, n.º 30.

Beauchamp quería ir él solo, pero Albert le hizo observar que este asunto, al salirse de las reglas ordinarias, le permitía apartarse de las reglas ordinarias del duelo.

El joven actuaba en todo este asunto por una causa tan sagrada, que Beauchamp no tenía más remedio que someterse a su voluntad; cedió, pues, ante Morcerf y se contentó con seguirle.

Albert apenas si dio un salto desde la portería a la escalinata. Baptistin le recibió.

El conde, efectivamente, acababa de llegar, pero estaba en el baño y había ordenado no recibir a nadie, fuera quien fuera.

—¿Pero, después del baño? —preguntó Morcerf.


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