El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Capítulo LXXXIX

La noche

El señor de Montecristo esperó, según su costumbre, a que Duprez cantara su famoso Suivez-moi!, y solamente entonces se levantó y salió.

En la puerta, Morrel se despidió de él renovando la promesa de estar en su casa, con Emmanuel, al día siguiente a las siete de la mañana. Después, el conde se subió a su cupé, tranquilo y sonriente. Cinco minutos después estaba en su casa. Ahora bien, tendríamos que no conocer al conde para dejarnos engañar por esa expresión con la que dijo a Alí al entrar:

—Alí, ¡mis pistolas de culata de marfil!

Alí trajo el estuche a su amo, y este se puso a examinar las armas con la meticulosidad natural para un hombre que va a confiar su vida a un poco de hierro y plomo. Eran unas pistolas especiales que Montecristo había encargado para el tiro al blanco en sus aposentos. Un resorte bastaba para disparar la bala, y desde la habitación contigua nadie podría dudar de que el conde, como se dice en términos de tiro, se dedicaba a probar la puntería.

Encajaba el arma en la mano, buscaba el punto de mira sobre una placa en la pared que le servía de diana, cuando se abrió la puerta del gabinete y Baptistin entró.


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