El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Edmond —continuó—, verás que si mi frente palidece, que si mis ojos están apagados, que si mi belleza está ajada, que si Mercedes, en fin, no se parece en nada a la de antes por su rostro, sin embargo sigue teniendo el mismo corazón… ¡Adiós, Edmond…! Ya no tengo nada que pedirle al Cielo… Te he vuelto a ver tan noble y tan grande como antes. ¡Adiós, Edmond…! ¡Adiós y gracias!

Pero el conde no respondió.

Mercedes abrió la puerta del gabinete, y desapareció antes de que el conde saliera de esa dolorosa y profunda meditación en la que le había sumido la pérdida de su venganza.

Daba la una en el reloj de los Invalides, cuando el carruaje que llevaba a la señora de Morcerf, rodando sobre el pavimento de los Champs-Elysées, hizo levantar la vista al conde de Montecristo.

—¡Insensato de mí! —se dijo—. ¿Por qué no me arranqué el corazón el día en que decidí vengarme?



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