El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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«¡Cómo!», se decía, mientras la lámpara y las velas se consumían tristemente y los sirvientes aguardaban con impaciencia en la antecámara; «¡cómo! ¡Ahí está el edificio preparado tan lentamente, edificado con tanto cuidado y con tanto trabajo, ahí está este edificio, derruido de un solo golpe, con un solo soplo, con una sola palabra! ¡Y qué! ¡Este yo, que creía ser algo, del que estaba tan orgulloso, este yo, que vi tan pequeño en los calabozos del castillo de If, y que conseguí engrandecer, se verá mañana reducido a polvo! ¡Ay! No es la muerte del cuerpo lo que lamento; pues esa destrucción del principio vital, ¿no es el descanso hacia el que todo tiende, al que todo desgraciado aspira, esa calma de la materia por la que tanto suspiré durante tanto tiempo, a la que me encaminaba por el camino doloroso del hambre, cuando Faria apareció en mi celda? ¿Qué es la muerte? Un grado más en la calma, y quizá dos más en el silencio. No, no es la existencia lo que lamento, sino la ruina de mis proyectos, elaborados tan lentamente, construidos tan laboriosamente. La Providencia, a quien creí a favor de esos proyectos, resulta que estaba en contra. ¡Dios no quería que se cumpliesen!





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