El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Padre e hijo
El señor Noirtier, pues en efecto era él quien acababa de entrar, siguió con la mirada al doméstico hasta que este hubo cerrado la puerta; después, temiendo sin duda que escuchase en la antecámara, fue a abrirla tras él: la precaución no era inútil y la rapidez con la que maese Germain se retiró probó que no estaba exento del pecado que perdió a nuestros primeros padres. El señor Noirtier se tomó entonces la molestia de ir él mismo a cerrar la puerta de la antecámara, después la del dormitorio, echó los cerrojos y volvió para tender la mano a Villefort que habÃa seguido todos sus movimientos con una sorpresa de la que aún no se habÃa repuesto.
—¡Ah, vaya! ¿Sabes, mi querido Gérard —dijo al joven, mirándole con una sonrisa cuya expresión era bastante difÃcil de definir—, que no pareces muy contento de verme?
—SÃ, sÃ, padre —dijo Villefort—, estoy encantado; pero estaba tan lejos de esperar su visita que me ha aturdido un poco.
—Pero, mi querido amigo —repuso el señor Noirtier sentándose—, me parece que yo podÃa decir otro tanto. ¡Cómo! ¿Me anuncia usted su compromiso en Marsella para el 28 de febrero y el 3 de marzo está usted en ParÃs?
