El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Si estoy aquĂ, padre —dijo GĂ©rard acercándose al señor Noirtier—, no se queje, pues si he venido es por usted, y este viaje quizá le salve.
—¡Ah, de verdad! —dijo el señor Noirtier arrellanándose indolentemente en el sillĂłn donde se habĂa sentado—; ¡de verdad! CuĂ©nteme eso entonces, señor magistrado, debe ser curioso.
—Padre, Âżha oĂdo usted hablar de cierto club bonapartista que tiene su sede en la calle Saint-Jacques?
—¿NĂşmero 53? SĂ, soy el vicepresidente.
—Padre, su sangre frĂa me hace temblar.
—¿QuĂ© quieres, querido mĂo? Cuando uno ha sido proscrito por los montagnards, ha salido de ParĂs en un carro de heno, ha sido acorralado en las landas de Burdeos por los sabuesos de Robespierre, todo eso le ha curtido a uno para muchas cosas. Continua, pues. Y bien, ÂżquĂ© ha ocurrido en ese club de la calle Saint-Jacques?
—Pues que hicieron ir allĂ al general Quesnel, y el general Quesnel, que habĂa salido a las nueve de la noche de su casa ha sido encontrado dos dĂas despuĂ©s en el Sena.
—¿Y quién le ha contado esa bonita historia?
—El rey en persona, señor.
—Y bien, yo, a cambio de su historia —continuó Noirtier—, voy a darle una noticia.
—Padre, creo que ya sé lo que va usted a decirme.