El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Pero, qué ha ocurrido esta noche? —preguntó Beauchamp a Château-Renaud—. Me parece que hacemos aquà un papel bien triste.
—En efecto, lo que Albert acaba de hacer es muy miserable o muy hermoso —respondió el barón.
—¡Ah! Veamos —preguntó Debray a Franz—, ¿qué quiere decir todo esto? ¡Cómo! El conde de Montecristo deshonra al señor de Morcerf, ¡y su hijo lo ve razonable! Pues aunque hubiese diez Janina en mi familia, yo no me sentirÃa obligado más que a una cosa, y serÃa la de batirme diez veces.
En cuanto a Montecristo, con la frente inclinada, los brazos caÃdos a lo largo del cuerpo, aplastado bajo el peso de veinticuatro años de recuerdos, no pensaba ni en Albert, ni en Beauchamp, ni en Château-Renaud, ni en nadie de los que estaban allÃ; pensaba en esa valiente mujer que habÃa venido a pedirle la vida de su hijo, a quien él habÃa ofrecido la suya, y que acababa de salvársela con la confesión de un terrible secreto de familia, capaz de matar para siempre en el joven el sentimiento de piedad filial.
—¡Otra vez la Providencia! —murmuró—. ¡Ah! ¡Es hoy, ciertamente, cuando me siento totalmente seguro de ser el enviado de Dios!