El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Seguramente; en cuanto a mÃ, yo hubiese sido incapaz —dijo Château-Renaud con una frialdad de lo más significativa.
—Señores —interrumpió Albert—, creo que habrán comprendido que entre el señor de Montecristo y yo ha ocurrido algo muy grave…
—SÃ, claro; sÃ, claro —dijo enseguida Beauchamp—, pero todos nuestros entrometidos compatriotas no estarán al alcance de comprender su heroÃsmo, y tarde o temprano se verá usted forzado a explicarles más enérgicamente de lo que conviene a la salud de su cuerpo y a la duración de su vida. ¿Quiere que le dé un consejo, amigo? Salga para Nápoles, La Haya o San Petersburgo, paÃses tranquilos, en los que se es más inteligente desde el punto de vista del honor que entre nuestros descerebrados parisinos. Una vez allÃ, haga unas cuantas dianas con la pistola, e infinitamente más contrarrespuestas de cuarto y de tercio con el florete; hágase olvidar para volver apaciblemente a Francia dentro de algunos años, o lo bastante respetable en cuanto a ejercicios académicos como para conquistar su tranquilidad. ¿No es cierto, señor de Château-Renaud, que tengo razón?
—Es exactamente mi opinión —dijo el gentilhombre—. No hay nada que atraiga más duelos serios, que un duelo sin resultados.