El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Un momento —dijo Montecristo—, no me priven así de golpe de mis dos acompañantes; vaya a ver a su encantadora esposa, Emmanuel, y le encargo que le presente en mi nombre todos mis respetos, y usted, Morrel, acompáñeme hasta los Champs-Elysées.

—De maravilla —dijo Maximilien—, además tengo cosas que hacer por su barrio, conde.

—¿Te esperamos para almorzar? —preguntó Emmanuel.

—No —dijo el joven.

La portezuela se cerró y el carruaje continuó su camino.

—Ve cómo le he dado suerte —dijo Morrel cuando se quedó solo con el conde—. ¿No lo había pensado?

—Sí, claro —dijo Montecristo—, por eso quisiera tenerle siempre cerca.

—¡Es milagroso! —continuó Morrel, respondiendo a su propio pensamiento.

—¿Qué? —dijo Montecristo.

—Lo que acaba de pasar.

—Sí —respondió el conde con una sonrisa—; usted lo ha dicho, Morrel: ¡milagroso!

—Pues, en fin —repuso Morrel—, Albert es valiente.

—Muy valiente —dijo Montecristo—, yo le he visto dormir con el puñal suspendido sobre su cabeza.


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