El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Oh! —respondió Valentine con un movimiento convulsivo—, ¡oh! De verdad Maximilien, que es usted muy miedoso para ser un oficial, un soldado, de los que se dice que nunca conocen el miedo. ¡Ja, ja, ja, ja!

Y estalló en una risa estridente y dolorosa; los brazos inertes y rígidos se le cayeron, la cabeza cayó también hacia atrás sobre el sillón, y se quedó sin movimiento.

El grito de terror que Dios encadenaba a los labios de Noirtier brotó a través de sus ojos.

Morrel comprendió; se trataba de pedir ayuda.

El joven se agarró al cordón de la campanilla; la doncella que estaba en la habitación de Valentine y el sirviente que había reemplazado a Barrois acudieron corriendo simultáneamente.

Valentine estaba tan pálida, tan fría, tan inanimada que, sin escuchar lo que se les decía, el miedo que reinaba sin cesar en esa casa maldita se apoderó de ellos y se lanzaron por los pasillos gritando socorro.

La señora Danglars y Eugénie, que salían en ese momento, pudieron enterarse de la causa de todo ese ruido.

—¡Ya se lo había dicho! —exclamó la señora de Villefort—. ¡Pobre pequeña!


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