El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Si me necesita para algo, Morrel, acuda a mí, puedo hacer mucho por usted.

Más raudo que el pensamiento, salió del Faubourg Saint-Honoré en la calle Matignon, y de ahí a la avenida de los Champs-Elysées.

Mientras tanto, el señor de Villefort llegaba en un cabriolé de alquiler a la puerta del señor d’Avrigny; llamó con tanta violencia que el portero vino a abrirle todo asustado. Villefort se lanzó escaleras arriba sin poder decir nada. El portero le conocía y le dejó pasar gritando:

—¡En su gabinete, señor fiscal, en su gabinete!

Villefort ya estaba empujando la puerta, o casi echando la puerta abajo.

—¡Ah! —dijo el doctor—. ¡Es usted!

—Sí —dijo Villefort cerrando la puerta tras él—; sí, doctor, soy yo que vengo a preguntarle a mi vez, si estamos aquí solos. ¡Doctor, mi casa es una casa maldita!

—¡Cómo! —dijo el médico, en apariencia, fríamente, pero con una profunda emoción interior—. ¿Hay otra vez algún enfermo?

—¡Sí, doctor! —exclamó Villefort, cogiéndose un mechón de cabellos convulsivamente—. ¡Sí!

La mirada de d’Avrigny significaba:

—Ya se lo había dicho.


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