El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Así —dijo—, ¿estarás dispuesta a hacer las visitas oficiales que son absolutamente indispensables?

—Sí —respondió Eugénie.

—¿Y a firmar el contrato dentro de tres días?

—Sí.

—Entonces, ahora me toca a mí decir: ¡Bien!

Y Danglars cogió la mano de su hija y la estrechó entre las suyas.

Pero, cosa extraordinaria, mientras le estrechaba la mano, el padre no osó decir: «gracias, hija mía»; y la hija tampoco tuvo ni una sonrisa para su padre.

—¿La reunión ha terminado? —preguntó Eugénie levantándose.

Danglars indicó con la cabeza que no había nada más que decir.

Cinco minutos después, el piano sonaba bajo los dedos de la señorita D’Armilly, y la señorita Danglars cantaba la maldición de Brabantio sobre Desdémona[2].

Al final del canto, Etienne entró y anunció a Eugénie que los caballos estaban ya enganchados al coche y que la baronesa la aguardaba para hacer sus visitas.

Vimos a las dos mujeres en casa de Villefort, de donde salieron para continuar sus visitas.


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