El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Capítulo XCVI

El contrato matrimonial

Tres días después de la escena que acabamos de relatar, es decir, hacia las cinco de la tarde del día fijado para la firma del contrato matrimonial de la señorita Eugénie Danglars con el señor Andrea Cavalcanti, a quien el obstinado banquero seguía empeñado en llamar príncipe, una fresca brisa hizo temblar todas las hojas del jardincillo situado delante de la casa del conde de Montecristo, en el momento en el que este se preparaba para salir, y mientras que sus caballos le aguardaban, pateando el suelo, sujetos por la mano del cochero, sentado ya desde hacía un cuarto de hora en el pescante, el elegante faetón al que hemos hecho varias veces refererencia, y sobre todo durante la cena de Auteuil, apareció rápidamente en la esquina de la puerta de entrada, y lanzó, más que dejó, sobre las gradas de la escalinata, al señor Andrea Cavalcanti, tan dorado, tan radiante, como si, por su parte, estuviera a punto de desposar a una princesa.

Se informó sobre la salud del conde, con esa familiaridad que le era habitual, y subiendo con ligereza al primer piso, encontró al conde mismo en lo alto de la escalera.

Al ver al joven, el conde se detuvo. En cuanto a Andrea Cavalcanti, iba lanzado, y cuando iba lanzado, nada le detenía.


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