El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Ahora, mi querido Gérard —continuó Noirtier—, confÃo en tu prudencia para hacer desaparecer todos los objetos que te dejo en custodia.
—¡Oh! Esté tranquilo, padre —dijo Villefort.
—¡SÃ, sÃ! Y ahora creo que tienes razón, y que muy bien podrÃas haberme salvado la vida, en efecto; pero, tranquilo, te devolveré el favor muy pronto.
Villefort meneó la cabeza.
—¿No estás convencido?
—Espero, al menos, que se equivoque usted.
—¿Volverás a ver al rey?
—Es posible.
—¿Quieres aparecer ante él como un profeta?
—Los profetas de las desgracias no son bienvenidos en la corte, padre.
—SÃ, pero tarde o temprano se les hace justicia; e imagina una segunda Restauración, entonces pasarás por ser un gran hombre.
—En fin, ¿qué tengo que decir al rey?