El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Eh! Buenos días, querido señor de Montecristo —dijo al conde.

—¡Ah! ¡Señor Andrea! —dijo este con su voz medio burlona—. ¿Cómo está usted?

—De maravilla, como puede ver. Vengo a charlar con usted de mil cosas; pero, en primer lugar, ¿va a salir o es que llega ahora?

—Iba a salir, señor.

—Entonces, para no retrasarle, subiré, si quiere, a su calesa, y que Tom nos siga con el faetón, después.

—No —dijo con una imperceptible sonrisa de desdén el conde, que no tenía interés en que le vieran acompañado del joven—; no, prefiero recibirle aquí, querido señor Andrea, se habla mejor en una habitación, y sin que haya un cochero que coja al vuelo sus palabras.

El conde entró, pues, en un saloncito de la primera planta, se sentó, y cruzando las piernas una sobre otra, indicó al joven que se sentara también.

Andrea tomó su aspecto más risueño.

—Ya sabe, querido conde —dijo—, que la ceremonia tiene lugar esta noche; a las nueve se firma el contrato en casa del suegro.

—¡Ah! ¿De verdad? —dijo Montecristo.

—¡Cómo! ¿Es que no lo sabía? ¿No le había avisado el señor Danglars de la ceremonia?


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