El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Y Noirtier salió tras esas palabras, con la tranquilidad que no le había abandonado ni un solo instante a lo largo de ese encuentro tan difícil.

Villefort, pálido y agitado, corrió a la ventana, entreabrió la cortina y le vio pasar, tranquilo e impasible, en medio de dos o tres hombres de mal aspecto, emboscados tras los mojones y en las esquinas de las calles, que estaban seguramente allí para arrestar al hombre de las patillas negras, la levita azul y el sombrero de ala ancha.

Villefort se quedó así, de pie y jadeante, hasta que su padre desapareció en la encrucijada Bussy. Entonces, se lanzó hacia los objetos que su padre había dejado, puso en lo más profundo del baúl la corbata negra y la levita azul, retorció el sombrero que ocultó en los bajos de un armario, rompió la caña de junco en tres partes y las tiró al fuego, se puso un gorro de viaje, llamó a su ayuda de cámara, le prohibió con la mirada las mil cuestiones que su criado tendría ganas de hacerle, pagó su cuenta en el hotel, saltó al coche que le esperaba ya listo, supo en Lyon que Bonaparte acababa de entrar en Grenoble y, en medio de la agitación que reinaba a lo largo de todo el camino, llegó a Marsella, presa de todas las zozobras que penetran en el corazón del hombre con la ambición y con los primeros honores.


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