El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo En cuanto a los numerosos sirvientes, más numerosos que de costumbre aquella velada, pues, a propósito de la fiesta, habían aumentado el número con los heladeros, cocineros y maîtres del Café de París, dirigían su cólera contra sus amos por lo que consideraban una afrenta, se paraban por grupos en el office, en las cocinas, en sus estancias, preocupándose muy poco del servicio que debían realizar, servicio que, por otra parte, se había naturalmente interrumpido.
En medio de todos estos diferentes personajes, que temblaban por intereses, también diferentes, solamente dos merecen que nos ocupemos de ellos: se trata de la señorita Eugénie Danglars y la señorita Louise d’Armilly.
La joven novia, ya lo hemos dicho, se había retirado, con la mirada altiva y un gesto de desdén en los labios, y la prestancia de una reina ultrajada, seguida de su compañera, más pálida y más afectada que ella.
Al llegar a sus habitaciones, Eugénie cerró la puerta por dentro, mientras que Louise caía sobre una silla.
—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! Qué cosa tan horrible —dijo la joven música—; ¡quién podría haberlo sospechado? ¡El señor Andrea Cavalcanti un asesino…, un fugado de presidio…, un condenado a cadena perpetua!