El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Los cien días
El señor Noirtier era un buen profeta, y las cosas fueron deprisa, como él había dicho. Todo el mundo conoce ese regreso de la isla de Elba, regreso extraño, milagroso, que, sin ejemplo en el pasado, quedará probablemente sin imitación en el futuro.
Luis XVIII no intentó más que débilmente parar ese golpe tan brusco; su poca confianza en los hombres le quitaba toda su confianza en los hechos. La realeza, o más bien la monarquía, apenas reconstituida por él, tembló por su base todavía insegura, y un solo gesto del emperador hizo que se viniera abajo todo el edificio, mezcla informe de viejos prejuicios y de nuevas ideas. Así pues, Villefort no obtuvo de su rey más que un agradecimiento no solamente inútil por el momento, sino incluso peligroso, y esa cruz de oficial de la Legión de Honor, que tuvo la prudencia de no mostrar, aunque el señor de Blacas, como le había recomendado el rey, le había enviado cuidadosamente el certificado.
Napoleón ciertamente hubiera destituido a Villefort sin la protección de Noirtier, convertido en todopoderoso en la corte de los Cien Días, por los peligros que había afrontado y por los servicios prestados. Así, como se lo había prometido, el girondino del 93 y el senador de 1806 protegió a quien le había protegido a él la víspera.
