El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Un cuarto de hora después, el postillón, una vez en la auténtica ruta, franqueaba la barrera Saint-Martin, enarbolando el látigo.
—¡Ah! —dijo Louise con un profundo suspiro—. ¡Ya estamos fuera de ParÃs!
—SÃ, mi querida amiga, y el rapto ha sido perfectamente consumado —respondió Eugénie.
—SÃ, pero sin violencia —dijo Louise.
—Lo haré valer como circunstancia atenuante —respondió Eugénie.
Esas palabras se perdieron entre el ruido del carruaje que rodaba sobre el pavimento de La Villette.
El señor Danglars se habÃa quedado sin hija.