El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Alto y bien plantado como un gladiador antiguo, musculoso como un espartano, Andrea había hecho una carrera de un cuarto de hora, sin saber adónde iba, y con la sola intención de alejarse lo más posible del lugar en donde por poco le pillan.

Había salido desde la calle del Mont-Blanc, y se encontró, con ese instinto por las puertas que poseen los ladrones, instinto igual al de la liebre por su madriguera, se encontró al final de la calle Lafayette.

Allí, sofocado, sin aliento, se detuvo.

Estaba totalmente solo; a su izquierda, el cercado Saint-Lazare, vasto desierto; y, a su derecha, París en toda su extensión.

«¿Estoy perdido?», se preguntó. «No, si puedo desplegar una cantidad de actividad mayor que la de mis enemigos. Mi salvación se ha convertido, pues, simplemente, en una cuestión de miriámetros.»

En ese momento, atisbó en lo alto del Faubourg Poissonnière un cabriolé de alquiler, cuyo cochero, enfurruñado, con la pipa en los labios, parecía que lo que más deseaba era llegar al final del Faubourg Saint-Denis, donde probablemente vivía.

—¡Eh! ¡Amigo! —dijo Benedetto.

—¿Qué hay, buen hombre? —preguntó el cochero.

—¿El caballo está cansado?


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