El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Todo el poder de Villefort se limitó, pues, durante esa evocación del imperio, del que, por lo demás, fue bien fácil presagiar su segunda caída, a echar tierra sobre el secreto que Dantès había estado a punto de divulgar.
El fiscal del rey solamente fue destituido por ser considerado sospechoso de tibieza bonapartista.
Sin embargo, en cuanto el poder imperial se vio restablecido, es decir, en cuanto el emperador se alojó en esas Tullerías que acababa de desalojar Luis XVIII, y lanzó sus numerosas y divergentes órdenes desde ese pequeño despacho en el que introdujimos a nuestros lectores tras Villefort, y sobre esa mesa de nogal en la que encontró, todavía abierta y casi llena, la tabaquera de Luis XVIII, Marsella, a pesar de la actitud de sus magistrados, comenzó a sentir que se avivaban en ella esas chispas de guerra civil siempre mal apagadas en el Mediodía; poco faltó entonces para que las represalias no fuesen más allá de algún guirigay que asedió a los monárquicos encerrados en sus casas, y alguna afrenta pública con la que se persiguió a quienes se arriesgaban a salir a la calle.