El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La ley
Hemos visto con qué tranquilidad las señoritas Danglars y d’Armilly habían podido llevar a cabo su transformación y su huida; y es que todo el mundo estaba demasiado ocupado en sus propios asuntos como para ocuparse de los asuntos de los demás.
Dejaremos al banquero, con el sudor en la frente, alinear frente al fantasma de la bancarrota las enormes columnas de su pasivo, y seguiremos a la baronesa, que, tras quedarse un instante aplastada bajo la violencia del golpe que acababa de recibir, fue a buscar a su consejero habitual, Lucien Debray.
Y es que, en efecto, la baronesa contaba con ese matrimonio para abandonar finalmente una tutela que, con una hija del carácter de Eugénie, no dejaba de ser bastante molesta; y es que, en esa especie de contratos tácitos que sostienen la unión jerárquica de la familia, la madre no es realmente maestra de su hija, sino a condición de ser continuamente para ella ejemplo de sabiduría y modelo de perfección.
