El Conde de Montecristo

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Ahora bien, la señora Danglars temía la perspicacia de Eugénie y los consejos de la señorita D’Armilly; había sorprendido ciertas miradas desdeñosas de su hija hacia Debray, miradas que parecían significar que su hija conocía todo el misterio de sus relaciones amorosas y pecuniarias con el secretario amigo íntimo, mientras que una interpretación más sagaz y más profunda hubiera demostrado, por el contrario, a la baronesa, que Eugénie detestaba a Debray, no porque fuera en la casa paterna un escollo y un escándalo, sino porque colocaba a Debray, sencillamente, en la categoría de esos bípedos que Diógenes intentaba no llamar hombres, y que Platón designaba con la perífrasis de animales de dos patas y sin plumas.

La señora Danglars, según su punto de vista, y desgraciadamente en este mundo cada uno tiene su punto de vista que le impide ver el punto de vista de los demás, la señora Danglars, según su punto de vista, decimos, lamentaba infinitamente que fracasara la boda de Eugénie, no porque esa boda fuera conveniente, satisfactoria e hiciera la felicidad de su hija, sino porque esa boda le devolvía su propia libertad.




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