El Conde de Montecristo

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Capítulo II

Padre e hijo

Dejemos a Danglars, presa del instinto del odio, intentando soplar al oído del armador alguna maligna suposición contra su compañero, y sigamos a Dantès quien, después de haber recorrido La Canebière en toda su longitud, toma la calle de Noailles, entra en una pequeña casa situada al lado izquierdo de las Allées de Meilhan, sube con rapidez los cuatro pisos de una oscura escalera y, sujetándose a la barandilla con una mano y comprimiendo con la otra los latidos de su corazón, se detiene ante la puerta entreabierta por la que se ve una pequeña habitación hasta el fondo.

Esta era la vivienda que habitaba el padre de Dantès.

La noticia de la llegada del Pharaon no era aún conocida por el anciano, que se ocupaba, subido en una silla, en colocar con mano temblorosa algunas capuchinas mezcladas con clemátides que subían trepando a lo largo del enrejado de la ventana.

De repente, se sintió abrazado en todo su cuerpo y una voz bien conocida exclamó detrás de él:

—¡Padre, mi querido padre!

El anciano dio un grito y se dio la vuelta; después, al ver a su hijo, se dejó caer en sus brazos todo tembloroso y pálido.

—¿Qué te ocurre, padre? —exclamó el joven inquieto—. ¿No estarás enfermo?


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