El Conde de Montecristo

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Maximilien abrió la boca para hablar, pero no podía articular ningún sonido: se tambaleó, y se sujetó a la pared. Después tendió la mano hacia la puerta.

—¡Sí!, ¡sí!, ¡sí! —continuó el anciano.

Maximilien se lanzó precipitadamente por la escalera pequeña, que franqueó en dos saltos, mientras que Noirtier parecía gritarle con los ojos: «¡más deprisa!, ¡más deprisa!».

Un minuto bastó al joven para atravesar varias estancias, vacías como el resto de la casa, para llegar hasta la de Valentine.

No tuvo que empujar la puerta, estaba abierta de par en par.

Un sollozo es lo primero que oyó. Vio, como a través de una nube, una figura oscura arrodillada y perdida en un confuso montón de ropa blanca. El terror, el espantoso terror, le tenía clavado al suelo.

Fue entonces cuando oyó una voz que decía: «¡Valentine está muerta!», y una segunda voz que repetía como un eco respondiendo: «¡Muerta!, ¡muerta!».


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