El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Morrel contempló como perdido al cadáver, a los dos hombres, toda la habitación, en fin, pareció dudar un instante, abrió la boca; después, al no encontrar palabras para responder, a pesar del innumerable enjambre de ideas fatales que invadían su cerebro, volvió sobre sus pasos, hundiendo las manos en el cabello; de tal manera que Villefort y d’Avrigny, distraídos un instante de sus preocupaciones, tras seguirle con la vista, intercambiaron una mirada que quería decir: «¡está loco!».

Pero, antes de que hubieran transcurrido cinco minutos, se oyó crujir la escalera bajo un peso considerable, y vieron a Morrel que, con una fuerza sobrehumana, llevando el sillón de Noirtier en sus brazos, subía al anciano a la primera planta de la casa.

Una vez en lo alto de la escalera, Morrel dejó el sillón en el suelo y lo llevó rápidamente, gracias a las ruedas, hasta la habitación de Valentine.

Toda esa maniobra fue llevada a cabo con una fuerza centuplicada por la exaltación frenética del joven.

Pero, sobre todo, había algo terrorífico, y era la cara de Noirtier avanzando hacia la cama de Valentine, empujado por Morrel, la cara de Noirtier donde la inteligencia desplegaba todos sus recursos, cuyos ojos reunían todo su poder para suplir al resto de los sentidos.

Así, ese rostro lívido, esa mirada ardiente, fue también para Villefort una terrorífica aparición.


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