El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La firma de Danglars
El día siguiente amaneció triste y nublado.
Los enterradores habían cumplido con su fúnebre oficio, y habían cosido el cuerpo dispuesto sobre el lecho en el sudario que envuelve lúgubremente a los muertos, prestándoles así algo que se llama igualdad ante la muerte, y último testimonio del lujo que amaban en sus vidas.
El sudario no era otra cosa sino una magnífica batista que la joven había comprado quince días antes.
Durante la velada, unos hombres llamados a tal efecto habían transportado a Noirtier de la habitación de Valentine a la suya y, contra todo lo esperado, el anciano no había tenido ninguna dificultad en alejarse del cuerpo de su niña querida.
El abate Busoni había velado hasta el amanecer, y al amanecer se había retirado a su casa sin llamar a nadie.
Hacia las ocho de la mañana d’Avrigny había vuelto; encontró a Villefort, que pasaba a ver a Noirtier, y le había acompañado para saber cómo había pasado la noche el anciano.
Le encontraron en el gran sillón que le servía de cama, reposando con un sueño dulce y casi sonriente.
Ambos se pararon en el umbral, sorprendidos.
