El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Mire —dijo d’Avrigny a Villefort, que contemplaba a su padre dormido—; mire, la naturaleza sabe calmar el dolor más punzante; ciertamente, no se dirá que el señor Noirtier no amaba a su nieta; sin embargo, duerme.
—SÃ, y tiene usted razón —respondió sorprendido Villefort—; duerme, y es muy extraño, pues la menor contrariedad le tiene despierto noches enteras.
—El dolor le ha abatido —respondió d’Avrigny.
Y ambos volvieron pensativos al gabinete del fiscal.
—Mire, yo, yo no he dormido —dijo Villefort mostrando a D’Avrigny la cama intacta—; el dolor no me abate, llevo dos noches que ni siquiera me he acostado; pero, a cambio, mire mi mesa de despacho; ¡lo que he escrito, Dios mÃo! ¡Estos dos dÃas con sus noches…! ¡He investigado ese dossier, he anotado el acta de acusación del asesino Benedetto! ¡Oh, trabajo, trabajo! ¡Mi pasión, mi alegrÃa, mi rabia, eres tú quien abate todos mis dolores!
Y apretó convulsivamente la mano de d’Avrigny.
—¿Me necesita para algo? —preguntó el doctor.