El Conde de Montecristo

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Capítulo CV

El cementerio de Père-Lachaise

El señor de Boville, en efecto, se había cruzado con la comitiva fúnebre que conducía a Valentine a su última morada.

El tiempo estaba sombrío y nuboso; un viento tibio aún, pero ya mortal para las hojas secas, las iba arrancando poco a poco de las ramas que se iban quedando despobladas y las hacía revolotear entre el inmenso gentío que llenaba los bulevares.

El señor de Villefort, parisino de pura cepa, veía el cementerio Père-Lachaise como el único digno de recibir el despojo mortal de una familia parisina; los otros le parecían cementerios campestres, hoteles llenos de muerte. En Père-Lachaise solamente un difunto de buena compañía podía alojarse allí como en su casa.

Había comprado, como hemos visto, la concesión a perpetuidad sobre la que se elevaba el panteón que se veía poblado tan prontamente por todos los miembros de su primera familia.

En el frontal del mausoleo se leía: FAMILIA SAINT-MÉRAN Y VILLEFORT; pues así había sido el último deseo de la pobre Renée, madre de Valentine.


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