El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Así que era hacia Père-Lachaise hacia donde se encaminaba el pomposo cortejo que había partido del Faubourg Saint-Honoré. Cruzó todo París, pasó por el Faubourg du Temple, después, por los bulevares exteriores hasta el cementerio. Más de cincuenta coches privados seguían a los veinte coches del duelo, y detrás de esos cincuenta coches, más de quinientas personas seguían el cortejo a pie.
Eran casi todos jóvenes, a quienes la muerte de Valentine les había fulminado como un rayo, y que, a pesar del vapor glacial del siglo y el prosaísmo de la época, sentían la influencia poética de esa bella, de esa casta, de esa adorable joven, muerta en la flor de la vida.
A la salida de París, se vio llegar un rápido carruaje tirado por cuatro caballos que se pararon de repente, tensando sus nervudas patas como resortes de acero: era el señor de Montecristo.
El conde se apeó de la calesa y fue a mezclarse entre la gente que seguía a pie la carroza fúnebre.
Château-Renaud le vio; se apeó enseguida de su cupé y vino a reunirse con él. Beauchamp dejó asimismo el cabriolé de alquiler en el que se encontraba.
El conde escudriñaba por todos los intersticios que le dejaba el gentío; buscaba visiblemente a alguien. Finalmente, no pudo más.