El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —No, no, mi querido Edmond, hijo mÃo, mi niño, no; pero es que no te esperaba y la alegrÃa, la emoción de verte asÃ, de improviso… ¡Ah! ¡Dios mÃo! ¡Me parece que me voy a morir!
—Y bien, tranquilÃzate, padre, ¡soy yo, soy yo! Siempre se dice que la alegrÃa no hace daño, por eso he entrado asÃ, sin avisar. Veamos, sonrÃeme en lugar de mirarme asÃ, como lo haces, con la mirada perdida. He vuelto y vamos a ser felices.
—¡Ah! ¡Mejor asÃ, muchacho! —repuso el anciano—. ¿Pero cómo vamos a ser felices? ¿Es que ya no te volverás a marchar? Veamos, ¡cuéntame tu alegrÃa!
—¡Que el Señor me perdone —dijo el joven—, por alegrarme de una dicha que surge con el duelo de una familia! Pero Dios sabe que yo no hubiese deseado asà esta felicidad; sucedió y no tengo la fuerza de afligirme por ello: el buen capitán Leclère ha muerto, padre, y es probable que con la protección del señor Morrel obtenga yo su puesto. ¿Lo comprende usted, padre? ¡Capitán a los veinte años! ¡Con cien luises de salario y una participación en los beneficios! ¿No es más de lo que podrÃa esperar un pobre marinero como yo?
—SÃ, hijo mÃo, sÃ, en efecto —dijo el anciano—, es una gran suerte.