El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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A las tres y media, en invierno, la discreta sirvienta que se ocupaba de la intendencia del pequeño apartamento encendía el fuego; a las tres y media, en verano, la misma sirvienta subía hielo y helados.

A las cuatro, como hemos dicho, el personaje misterioso llegaba.

Veinte minutos después, un coche se paraba delante del hotel; una mujer vestida de negro o de azul oscuro, pero siempre envuelta en un gran velo, se apeaba del carruaje, pasaba como una sombra delante de la portería, subía la escalera sin que se oyese crujir ni un solo peldaño bajo su pie ligero.

Nunca había ocurrido que alguien le preguntara adónde iba.

Su rostro, como el del hombre, era pues, perfectamente desconocido para los guardianes de la puerta, esos porteros modelo, los únicos, quizá, en la inmensa cofradía de porteros de la capital, capaces de una discreción así.

Ni qué decir tiene que la dama no subía más allá del primer piso. Llamaba a la puerta de una manera determinada; la puerta se abría, después se cerraba herméticamente, y eso era todo.

Para dejar el apartamento, llevaban a cabo la misma maniobra que para subir.


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