El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Ese paralelismo le apartó de sus saludos de cortesía, la filosofía del ejemplo le hundió; balbuceó algunas palabras de cortesía obligada y bajó rápidamente las escaleras.

Aquel día, los empleados del Ministerio, sus subordinados, tuvieron que soportar su humor apesadumbrado.

Pero, por la tarde, se hizo poseedor de una hermosa casa, situada en el bulevar de la Madeleine, y acreedor de cincuenta mil libras de renta.

Al día siguiente, a la hora en que Debray firmaba el acta de compra, es decir, sobre las cinco de la tarde, la señora de Morcerf, después de abrazar tiernamente a su hijo, después de que su hijo la abrazara también con la misma ternura, subía a un cupé de la diligencia, que se cerraba tras ella.

Un hombre estaba oculto en el patio de las diligencias Laffitte detrás de una de esas ventanas góticas del entresuelo que coronan cada despacho; vio a Mercedes subir al coche; vio partir la diligencia; vio alejarse a Albert.

Entonces, se pasó la mano por la frente cargada de dudas, diciéndose:

«¡Ay! ¿De qué manera podré devolver a estas dos criaturas inocentes la felicidad que les he quitado? Dios me ayudará.»


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