El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Se les ve acurrucarse y pegarse a lo largo de uno de los muros, el que absorbe y retiene más calor. Se quedan allí, charlando de dos en dos o, más a menudo, aislados, con la mirada puesta sin cesar en la puerta que se abre para llamar a alguno de los moradores de esa lúgubre estancia, o para echar a ese pozo una nueva escoria, rechazada del crisol de la sociedad.

El patio Saint-Bernard tiene su locutorio particular; es un rectángulo alargado, dividido en dos partes por rejas paralelamente plantadas a tres pies en frente una de la otra, de manera que el visitante no pueda estrechar la mano del preso o pasarle alguna cosa. Ese locutorio es sombrío, húmedo y horrible desde todos los puntos de vista, sobre todo cuando se piensa en las horribles confidencias que se han deslizado entre esas rejas y que han enmohecido el hierro de los barrotes.

Sin embargo, ese lugar, por muy espantoso que sea, y lo es, es el paraíso adonde vienen a remozarse, en encuentros esperados, saboreados, estos hombres cuyos días están contados: ¡es raro que uno salga del foso de los leones para ir a otra parte que no sea a la barrera Saint-Jacques, a presidio o al calabozo!

En este patio que acabamos de describir, y que rezuma una fría humedad, se paseaba, con las manos en el bolsillo de su levita, un joven considerado con mucha curiosidad por los habitantes del foso.


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