El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Ellos menearon la cabeza. ¿Qué otro bien podían reclamar los presos que no fuera la libertad?

El inspector se dio la vuelta sonriendo y dijo al gobernador:

—No sé por qué nos hacen hacer estas visitas inútiles. Quien ve a un preso, ve a cientos; quien oye a uno, oye a mil; es siempre lo mismo: mal alimentados e inocentes. ¿Tiene usted alguno más?

—Sí, tenemos reclusos peligrosos o locos, que encerramos en los calabozos.

—Veamos —dijo el inspector con aire de profundo cansancio—, cumplamos con nuestra tarea hasta el final; bajemos a los calabozos.

—Espere —dijo el gobernador— que al menos vaya a buscar a dos hombres más; los prisioneros cometen a veces actos inútiles de desesperación, aunque no sea más que por asqueo de la vida y para que les condenen a muerte; podría ser usted víctima de uno de esos actos.

—Entonces, tome sus precauciones —dijo el inspector.

En efecto, fueron a buscar a dos soldados y comenzaron a bajar por una escalera tan apestosa, tan infecta, tan llena de moho, que sólo pasar por ella afectaba desagradablemente a la vez a la vista, al olfato y a la respiración.


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