El Conde de Montecristo

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El proceso se instruía, pues, gracias al trabajo incesante de Villefort, que quería hacer con él su debut de las próximas sesiones de la Audiencia. Así, se había visto obligado a involucrarse más que nunca para evitar responder a la prodigiosa cantidad de demandas que le dirigían con el objeto de obtener plazas para asistir a la audiencia pública.

Y además, había transcurrido tan poco tiempo desde que la pobre Valentine fuese depositada en la tumba, el dolor de la casa era tan reciente, que nadie se asombraba de ver al padre tan severamente absorto en su deber, es decir, en la única distracción que podía encontrar a su dolor.

Una sola vez, era al día siguiente del día en que Benedetto recibió la segunda visita de Bertuccio, en la que este debiera decirle el nombre de su padre, al día siguiente de ese día, que era domingo, una sola vez, decimos, Villefort había visto a su padre; era en un momento en el que el magistrado, agotado por el cansancio, había bajado al jardín de su palacete, y sombrío, curvado bajo implacables pensamientos, igual que Tarquino[1] abatiendo con su caña las cabezas de las adormideras más crecidas, el señor de Villefort abatía también con su bastón los largos y moribundos tallos de malvarrosas que se erguían a lo largo de los senderos como espectros de esas flores tan brillantes en la estación que acababa de terminar.


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